Letras
Mauricio Rosencof habló con El Observador del 10o aniversario de Las cartas que no llegaron, uno de los libros más importantes de la narrativa uruguaya
Por Daniel Viglione
En Las cartas que no llegaron, uno de los libros más importantes de la narrativa uruguaya, hay tres voces: la de un niño, la de un joven y la de un hombre. Desde la inocencia al dolor, desde la pelota de trapo en la vereda a las celdas de tortura de la dictadura uruguaya, todas esas voces son de una sola memoria: la de Mauricio Rosencof, quien sin tachaduras habló con El Observador de esta intensa y conmovedora historia que, desde hace 10 años, empalidece a la ficción.
En su casa, retirado ya del cargo de director de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo y antes del lanzamiento de la edición aniversario de Las cartas que no llegaron –que tendrá lugar hoy en el Centro Cultural de España–, el autor de El Bataraz, Piedritas bajo la almohada, El enviado del fuego y El barrio era una fiesta, entre muchos otros títulos, remarcó que las cartas serán siempre para él como un rayo de sol que se cuela en la noche, y más luego haber estado 13 años bajo tierra, en sótanos y excavaciones a las que solo llegaban las ratas y los centinelas de la guardia militar.
Luego de 10 años de la primera edición de Las cartas que no llegaron, ¿qué es lo que los lectores más le han comentado del libro?
Uno nunca termina de saber qué alcance tiene lo que escribe. Eso por un lado. Pero, por otro, lo que los lectores me han comentado con más frecuencia es que yo tendría que haber hablado con mi viejo, que no haberlo hecho fue una falta en la que incurrí. Esto, visto ahora en perspectiva, me doy cuenta de que es verdad.
Pero esto mismo es algo que aparece en la novela…
Sí, pero eso fue lo que se transformó en denominador común de lo que la gente sintió al leerla. Fijate que en la novela le escribo una carta a mi viejo desde un sitio que no es desde donde la escribo y que él no está donde debiera recibirla. Es decir, yo ya estoy fuera de la cárcel y mi viejo está muerto. Lo que pasa es que en esa carta le digo que nunca conversé con él de muchas cosas, que no le pregunté todo lo que tenía que preguntarle ni que nunca le conté todo lo que tenía que contarle. Cuando los lectores vienen y me dicen esto, ¿qué me queda? ¡La gran puta!, me digo. Cómo no le pregunté al viejo sobre su pueblo, qué instrumentos tocaban los días de fiesta, cuántas novias tuvo… Nada. Lo que pasa es que la vida nos lleva por un derrotero en el que, a veces, nos olvidamos que las historias más entrañables están en casa.
Pero en Las cartas… hay muchos otros dramas personales, ¿no?
Bueno, sí. En el libro se conjuga el drama de Europa y todo lo que fue el genocidio judío durante la segunda guerra mundial, con el drama de la cárcel y el de los familiares de los que estuvieron en la cárcel. En el fondo creo que es una historia muy universal, y esto también es algo que me han comentado mucho los lectores. Para ellos no es mi historia ni la de mi familia, es la suya y la de los suyos. Quizá por esto le haya interesado al director italiano Giuseppe Ferrara llevarla al cine, con escenas filmadas en Roma, Varsovia, Auschwitz y Treblinka. Pero bueno, ese es un proyecto al que todavía le falta la inyección económica para que empiece a rodar.
Una historia universal, sí, ¿pero cuál fue la pulsión más íntima que lo llevó a escribir la novela?
Mirá, a mí me pasó algo muy curioso. Primero, yo pienso que el olvido no existe, que todo es memoria. Así que, fijate, cuando estoy en cana y recibo por primera vez una carta desde afuera, algo revoloteó en el calabozo. El hambre, el ansia, la necesidad de comunicación que tenía estando totalmente aislado era brutal, y de repente me llega una carta de mi hija, de tres líneas con dos tachadas, que fue como un rayo de sol, como una pequeña ventana a todo un universo que había perdido. Pero además, esto despertó en mí algo que estaba archivado desde mi infancia, un personaje que cuando recordaba mi infancia nunca le di significación: el cartero. ¡Qué me voy a acordar del cartero cuando jugaba en la vereda en el barrio Palermo! El cartero fue un personaje muy importante, sobre todo para mi padre, que esperaba esas cartas que, desde Belzitse a Varsovia, pasando por Génova y cruzando el océano, traían noticias de los abuelos, los tíos y los primos. Cartas que contaban noviazgos, enfermedades e incluso cuántos huevos había puesto la gallina colorada. Después, el cartero empezó a seguir de largo y mi padre leía, con tristeza, las cartas viejas. ¿Entendés? Las cartas que esperaba mi viejo no llegaron. Ahí me di cuenta que yo tenía que escribirlas.
¿Y qué triunfa finalmente en esas cartas o en la novela?
No sé, ninguna cosa tiene un único elemento. Ahí está todo: los rehenes, la cana, la biaba, la soledad, la transmisión de un sentimiento político. No se acusa a nadie ni se reprocha nada. Es un pedazo de vida. Y siempre, como en todo lo que escribo, apuesto todos los boletos. Por eso ahora estoy escribiendo lo que pasaba en la sala 8 del hospital Militar, donde iban a recauchutarse los que después de la biaba quedaban demasiado deteriorados.
¿Y a usted cuántas veces le tocó estar ahí?
Yo estuve dos veces, una en silla de ruedas… pero esa es otra historia.
¿Y cuántas de esas, otra historia, le quedan por escribir?
Mirá, te respondo parafraseando a Rubén Darío, quien en uno de sus versos escribió algo así como: Y la primera ley del creador: crear. Bufe el eunuco. Cuando una musa te dé un hijo, queden las otras encintas.
Presentación
El lanzamiento de la edición por el 10º aniversario de Las cartas que no llegaron será hoy, a partir de la hora 19.30, en el Centro Cultural de España (Rincón 629), donde el autor estará acompañado por Hortensia Campanella, Marcelo Estefanell y la participación especial de Numa Moraes.
Esquelas de memorias sin tachaduras
04/Nov/2010
El Observador; Daniel Viglione; 04/11/10